Simón BOLIVAR, por Rafael Caldera
SIMÓN BOLÍVAR, El Libertador
RAFAEL CALDERA
Pocas veces llega un hombre a identificarse en tal grado con un pueblo como Simón Bolívar con la nación venezolana. Bolívar es signo de unidad y grandeza para toda la América Latina, pero para Venezuela es uno de los símbolos de la patria, como la bandera, el escudo y el himno nacional.
Su nombre está estampado en la Constitución: Andrés Eloy Blanco propuso que se lo incluyera en la Declaración Preliminar de la Carta de 1947 y nosotros, en el mismo sentido, rubricamos con él el Preámbulo de la Constitución vigente, que concluye con este propósito: (conservar y acrecer el patrimonio moral e histórico de la Nación, forjado por el pueblo en sus luchas por la libertad y la justicia y por el pensamiento y la acción de los grandes servidores de la Patria, cuya expresión más alta es Simón Bolívar, "El Libertador".
Ese hombre - símbolo, ese adalid inigualado de nuestra independencia, de cuyo nacimiento están para cumplirse dos siglos, vivió solamente 47 años. Los primeros 27 fueron, sin duda, necesarios para la forja de su personalidad, pero su vida pública empieza en 1810. Treinta años tenía cuando los pueblos, en impresionantes ceremonias, le dieron el título de Libertador; no había llegado a los cincuenta cuando expiraba, dejando tras de sí cinco repúblicas - hoy seis - que lo reconocen, cada una, como Padre de la Patria.
Sobre su vida se ha escrito mucho. En todos los tonos: desde la diatriba despiadada o la calumnia artera hasta el endiosamiento sin límites. Pero el signo mejor para apreciar la dimensión colosal de su imagen y la proyección de su mensaje lo dejó José Martí, al decir que de Bolívar no se puede hablar sino "con una montaña por tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres en el puño y la tiranía descabezada a los pies".
Nació el 24 de julio de 1783, cuando el precursor Francisco de Miranda tenía 2 años y 2 escasos el maestro de América, Andrés Bello, hijos de la misma ciudad de Caracas, para entonces pequeña y modesta. La unión a la primitiva provincia de Venezuela de las de Cumaná, Margarita, Guayana, Barinas y Mérida - Maracaibo, con Caracas como capital, apenas se había consumado en el decenio anterior. A menos de trescientos años del Descubrimiento y a poco más de doscientos de la fundación de la ciudad, estaba culminando el proceso de formación de la nacionalidad venezolana, con una economía agrícola medianamente próspera (fomentada durante medio siglo de actividad por la Real Compañía Guipuzcoana), una sociedad en proceso de fusión, pero todavía estratificada en sectores diferenciados por el origen étnico (a lo que historiografía posterior llamaría erróneamente "castas") y con una cepa criolla que obtuvo, no sólo fuerza y entrenamiento del cultivo de la tierra, sino formación intelectual de la Universidad Real y Pontificia fundada en 1725.
Reinaba para entonces en España Carlos III, considerado hoy como el más progresista de los Borbones, llegados a España con Felipe V, a la sombra de Luis XIV ("le Roí Solei") a inicios del siglo XV Cuando nació Bolívar, llevaba dos años de inaugurada la Puerta de Alcalá, entonces en el límite y ahora en el centro de Madrid, testimonio de un esplendor que concluiría en naufragio por la manifiesta incapacidad de Carlos IV y Fernando VII.
Ya para 1783 un acontecimiento trascendental, la independencia de los Estados Unidos, había renovado las ideas sobre la organización del poder público y sobre los derechos fundamentales de los ciudadanos y establecido la primera organización republicana de los tiempos modernos. Niño era Bolívar cuando estalló la Revolución Francesa y promulgó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. A un momento mundial de intensa reflexión sobre las bases de la sociedad, sucedía una intensa agitación, que echó por tierra instituciones seculares y exigía una nueva postura, a tono con los tiempos. Para el momento en que Bolívar ve la primera luz en Caracas, vive en Córcega un muchacho de 14 años, Napoleón Bonaparte, que comenzará a llenar los anales de Europa cuando el joven indiano haga su primer viaje trasatlántico y se encontrará en la cúspide del poder absoluto cuando, traumatizado por la muerte de su joven esposa, vuelva a Europa y recorra, acompañado por don Simón Rodríguez, caminos de Francia e Italia por donde habían andado y andaban grandes hacedores de historia.
La niñez de Bolívar, como todo lo que le concierne, ha sido objeto de abundantes investigaciones. En el relato de sus ocurrencias se entremezclan hallazgos documentales y anécdotas que labios anónimos recogen y trasmiten. Se dice que fue en el momento del bautismo cuando su padrino Aristiguieta, que administraba el sacramento, le dio el nombre de Simón, para señalar que sería "el Simón Macabeo de la América". Se cuentan historias según las cuales la precocidad de su genio afloraría en agudas respuestas a su tutor, el licenciado Miguel José Sanz. De hecho, era un huérfano de familia mantuana, titular de una herencia suficiente para estimular conflictos familiares. Dos años y medio tenía cuando murió su padre, don Juan Vicente bolívar y Ponte, descendiente de vascos, castellanos, canarios y gente de otras regiones españolas; iba a cumplir nueve cuando perdió a su madre, doña Concepción Palacios y Sojo. Era el menor de cinco hermanos: la cuarta vivió poco; dos hermanas mayores, María Antonia y Juana, le sobrevivieron, y el otro varón, Juan Vicente, murió en 1810. El abuelo paterno había fallecido antes, y el abuelo materno apenas sobrevivió un año a la orfandad de los hermanos Bolívar Palacios. La guarda y tutela del menor fue objeto de controversias y ocasión para que recibiera la primera influencia de don Simón Rodríguez, el maestro de personalidad extraordinaria a quien desde la cúspide de su poder rindiera el más emocionado de los homenajes.
Los años de su primera formación corresponden también a su primer encuentro con Andrés Bello, su contemporáneo, ligeramente mayor que él y ya en patente dedicación a las letras. En carta al vicepresidente Santander (Arequipa, 20 de mayo de 1825) Bolívar se refiere a su educación, a propósito de un artículo publicado en Europa: <<No es cierto que mi educación fue muy descuidada, puesto que mi madre y mis tutores hicieron cuanto era posible por que yo aprendiese: me buscaron maestros de primer orden en mi país. Robinson, que Vd. conoce (Samuel Robinson era un seudónimo de don Simón Rodríguez), fue mi maestro de primeras letras y gramática; de bellas letras v geografía, nuestro famoso Bello; se puso una academia de matemáticas sólo para mí por el padre Andújar, que estimó mucho el barón de Humboldt. Después me mandaron a Europa a continuar mis matemáticas en la Academia de San Fernando; y aprendía los idiomas extranjeros, con maestros selectos de Madrid; todo bajo la dirección del sabio marqués de Uztaris, en cuya casa vivía. Todavía muy niño, quizá sin poder aprender, se me dieron lecciones de esgrima, de baile y de equitación. Ciertamente que no aprendí ni la filosofía de Aristóteles, ni los códigos del crimen y del error; pero puede ser que Mr. de Mollien no haya estudiado tanto como yo a Locke, Condillac, Buffon, Dalambert, Helvetius, Montesquieu, Mably, Filangieri, Lalande, Rousseau, Voltaire, Rollin, Berthoy y todos los clásicos de la antiguedad, así filósofos, historiadores, oradores y poetas; y todos los clásicos modernos de España, Francia, Italia y gran parte de los ingleses. Todo esto lo digo muy confidencialmente a Vd. para que no crea que su pobre presidente ha recibido tan mala educación como dice Mr. de Mollien; aunque, por otra parte, yo no sé nada, no he dejado, sin embargo, de ser educado como un niño de distinción pudo serlo en América bajo el poder espanol .
De menos de 14 años se inicia el adolescente caraqueño en el Batallón de Milicias de los Valles de Aragua. No ha cumplido 16 cuando viaja a España. Visita a México en la travesía. Se había olvidado en Venezuela el intento revolucionario de Gual y España, reprimido con dureza implacable; nada revelaba todavía la estructura que en Bolívar se iría forjando y que lo haría el conductor indiscutible del movimiento de independencia. Pero, sin duda, su personalidad ya se acusa: va mostrando una inteligencia despierta, un magnetismo personal nada corriente y una rara combinación de arrojo y de firmeza, que en los grandes momentos pondrá las más audaces decisiones al servicio de los más tenaces propósitos y de los más meditados proyectos.
Tres años y medio dura este primer viaje. En él se libera del complejo indiano, al hombrearse con gente encumbrada de la corte española. Adquiere en Madrid, según acabamos de ver, conocimientos que van desde matemáticas e idiomas extranjeros hasta usos indispensables en la alta sociedad de entonces, como la esgrima y el baile y la equitación, que le será tan útil en sus futuras campañas. Observa la decadencia de la monarquía borbónica y comienza a germinar en su mente la idea de la independencia de Hispanoamérica. Conoce París, centro de la mayor movilización cultural y política del universo. Pero el romance de un puro amor, vivido con pasión de adolescente, es lo que prevalece entonces en su vida. María Teresa del Toro y Alayza, su prima madrileña, descendiente por Toro de las islas Canarias y de origen vasco por Alayza, lo ha prendado de manera total. En pos de ella va a Bilbao, tierra de sus antepasados "Bolíbar" y toma contacto con el recio temple de esa estirpe. La boda se celebra en Madrid el 26 de mayo de 1802, en la iglesia de San José, que entonces no se hallaba en la calle de Alcalá, donde fue posteriormente reconstruida, sino cerca de allí, en la esquina de las calles Libertad y Gravina. Teresita, <<muy amable, <<muy dulce (carta de 13 abril de 1802) lo acompaña sin vacilación: está dispuesta, como tantos parientes suyos antes, a cruzar el Atlántico, atraída por el Nuevo Mundo; va con él a Caracas, luego a la posesión familiar de San Mateo, en Aragua; pero el trópico avaro cobrará el precio de la romántica aventura y unos meses más tarde, en enero de 1803, la fiebre arrancará al joven oficial el amor de su vida.
Empieza entonces el proceso más hondo de su drama vital. El dolor que no logra dominar lo empuja de nuevo hacia otros horizontes. Vuelve a Francia, donde encuentra a don Simón Rodríguez; van juntos a Italia y caminan sobre las huellas de una antiguedad rediviva observando la marcha arrolladora de los ejércitos napoleónicos, que subyugan a Europa buscando unificarla con puño de hierro, a los acordes. de la Marsellesa, el himno de la Revolución. Su espíritu se sume en contradictorias reflexiones, pero la conclusión es clara: en el Monte Sacro, a la vista de la Roma eterna, jura consagrar su vida a la independencia de su patria.
Dura casi cuatro años este segundo viaje. Al regreso, visita los Estados Unidos. Tiene ahora una visión cabal del mundo moderno. Vuelve a Venezuela en 1807, dominado por una idea obsesiva: la de la independencia. Es, definitivamente, un revolucionario. Pero no de aquéllos cuya única preocupación es la de destruir el orden viejo: en el revolucionario que es Bolívar, junto al propósito de abolir el dominio extranjero en América está presente la preocupación de construir un nuevo orden jurídico y político, basado sobre la libertad y la justicia e inspirado en la realidad del nuevo mundo, "no olvidando jamás que la excelencia de un Gobierno no consiste en su teoría, en su forma, ni en su mecanismo, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácte
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